martes, 17 de enero de 2017

¿Godzilla? ¿Otra vez? Ya la vimos y esto es lo que opinamos

Puede ser que te gusten las películas de Godzilla sofisticadas y con un gran presupuesto, como la versión estadounidense de 1998 que protagonizó Matthew Broderick, o que te gusten con un toque artesanal de los cincuenta que evoca la original.


Shin Godzilla (también conocida como Godzilla Resurgence), la última versión del estudio japonés Toho, que ha creado filmes sobre el reptil gigantesco desde 1954, es parte del segundo grupo, pero no sin un guiño.
Está entrecortada y llena de efectos especiales que parecen intencionalmente diseñados para no impresionar… excepto cuando lo hacen. La historia es tan fragmentada que es difícil seguirla, con una tormenta de personajes y cameos que supuestamente tienen más significado para una audiencia japonesa que para una estadounidense. El filme tiene su mejor momento cuando está en modo de parodia, aunque se aferra demasiado a esa característica durante las dos horas de duración. Lo que te deja deseando es humor, no ver al monstruo.


Cuando inicia la historia, un bote abandonado bajo investigación de las autoridades de pronto es golpeado por lo que parece ser una suerte de volcán bajo el agua, o quizá una tromba de agua. Entre el grupo de políticos balbuceantes y otros funcionarios que intentan evaluar si el desastre es relevante, se destaca un burócrata de nivel medio llamado Rando Yaguchi (Hiroki Hasegawa), quien se da cuenta de que una criatura gigantesca bajo la profundidad del mar fue la responsable. Al parecer, es el único que ha visto alguna de las más de dos docenas de películas previas de Godzilla que ha hecho el estudio Toho.
Rando y un enviado estadounidense (Satomi Ishihara) son los únicos personajes que muestran algo parecido a la complejidad mientras la criatura emerge del agua y pasa por las calles de Tokio. El Godzilla original nació del temor de la era nuclear temprana, y este Godzilla de 2016 tiene un componente nuclear también. La historia aprovecha la relación de amor y odio entre Japón y Estados Unidos de una manera somera y pícara.
Todo se reduce a decidir si es mejor dejar caer bombas nucleares sobre la bestia —un paso radical para Japón— o probar una idea menos convencional que es similar a congelarla en seco. Antes de que termine la destrucción, hay una escena de efectos especiales especialmente deliciosa. Resulta que cuando un monstruo está suelto, los trenes siempre presentes de Japón sirven para algo más que transportar a la gente.