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jueves, 5 de enero de 2017

Hacksaw Ridge: ¡Mueran Malditos herejes!

Es innegable que al pasar de los años Mel Gibson se ha convertido en una de los directores / actores, más interesantes y controvertidos. De ideas ultra derechistas y católicas que promueven un antisemitismo tanto en su propuesta visual como en sus pocas pero escandalosas declaraciones, el mito de su demencia bien podría ser confundido por una inexorable ideología profesada a través de lo que mejor sabe hacer: actuar y contar historias.


Sin ser un erudito en ninguno de los dos rubros, Gibson se representa así mismo en el cine con dos grandes fortalezas: la primera, una habilidad directiva que hace, además de muy ágiles a sus tramas, piezas repletas de una morbosidad estética y violenta (que pueden rayar en lo grotesco) que pareciera estar montando en el mismo momento de su producción; tomas también de simbolismos que van acorde a su segunda y más grande ventaja: la convicción de estar predicando dentro del lenguaje cinematográfico un mensaje espiritual tan intenso (Y de ahí el cuestionamiento a su extremismo), que dependiendo de los decibeles de creencia, fe o fanatismo del espectador, da como resultado el niveles de apreciación y/o experimentación hacia sus films.


Dicha convicción lo hace auténtico, uno sobresaliente (Braveheart), chantajista (The Passion), mediocre (Apocalypto), y ahora con Hacksaw Ridge uno sacerdotico de la palabra de Dios en el cine, asemejando este fuerte (visualmente) drama bélico a un apasionado e intenso sermón de iglesia dado por un rudo militar; es obvio que así lo quería Gibson… y así lo consigue.


A pesar de su monótono desarrollo, el entusiasmo del cineasta rebosa en cada uno de sus capítulos en la historia real del cabo Desmond Doss, el cual como el primer objetor de conciencia en recibir la Medalla de Honor por parte del ejército americano, sirvió como médico en la segunda guerra mundial sin portar ningún arma (dadas sus creencias católicas) y salvando más de 70 vidas.

La selección de este de por sí motivante y espiritual hecho, le deja a Gibson camino libre para construirle un altar al evangelio ¿Cómo? Con hermosas ambientaciones dentro de pocas locaciones por donde se da la odisea del soldado, el cual es elevado por la narrativa al nivel de un “santo” gracias a recursos técnicos y visuales que destacan la pureza e inocencia del ciertamente peculiar héroe: desde la asignación de una pareja de belleza angelical acorde al apoyo femenino de la escrituras bíblicas, hasta el manejo de la iluminación literalmente usada “desde las alturas” para marcar el pasaje del héroe y proyectarlo, sin concesión alguna, como un hecho milagroso.

Pero no podría faltar su toque y brusquedad decorativa, espectacular sin duda, pero para algunos excesiva. Para hacer mayor énfasis, hay que confirmar que las secuencias bélicas son una manufactura impresionante; Mel de nuevo obliga al espectador a ingresar a un realista y sangriento campo de guerra en la cima del risco japonés, con explosiones, desmembramientos, tripas y cabezas cercenadas ¡No hay piedad en este rubro! Así lo quiere Dios, así lo quiere Gibson.


La habilidad de jugar con esta exhibición visual hace que el espectador se dé cuenta muy tarde que Mad Mel lo volvió hacer: 140 minutos de planicie narrativa, con estructuras de personajes débiles (El héroe se centra en su espiritualidad pero nunca en la adquisición de sus habilidades médicas… al parecer milagrosas), forzamiento de su conclusión y de nuevo el chantaje narrativo con diálogos pobres y secuencias efectistas de relleno con estuche moralino; todo esto convertido en una sensación casi inexplicable de satisfacción, apoyada en un final lacrimógeno difícil de debatir debido al recurso documental y testimonial de los personajes reales ¡Ingenioso y astuto!

En el rubro actoral Andrew Garfield encaja de manera perfecta dentro de este molde de inocencia religiosa, sorprendiendo su modificación de acento y trabajo físico. Acompañándola como objetora femenina está Teresa Palmer, que logra esconder su sensual figura y temprano encasillamiento para ser una bella pero pura enfermera. 


Ya en el campo de batalla destacan las presencias de un inverosímil Sam Worthington y de la selección de casting muy peculiar de Vince Vaughn, el cual intensifica los niveles de bondad incluso dentro del “duro” entrenamiento militar ¿Y Hugo Weaving? Como en la mayoría de las veces… irrelevante.

Con toques de Forrest Gump en su narración y Saving Private Ryan en su estética, parece que no había nadie más óptimo que Mel para dirigir este milagro bélico, entretenido e hipnotizador gracias a la mencionada combinación, pero pobre en muchos pasajes de su ejecución y estructura.